Carlos I Rey de España (también conocido como Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico) caminaba un día con bastante dificultad por un ataque de gota. Uno de los condes colaboradores suyos lo vio y comenzó a reírse por lo que el Emperador le preguntó: “¿por qué te ríes?”

El conde respondió: “Señor, al ver cuán inseguro son los pasos de vuestra majestad me ha parecido también que el imperio cojea de un pie”. A lo que Carlos respondió: “Piensa con más acierto la próxima vez, pues no son los pies, sino la cabeza, la que gobierna el imperio”.

También la vida personal de cada uno se debe gobernar con la cabeza o raciocinio y no con los pies que es como si estuviera gobernada por las pasiones o caprichos. Si nuestras pasiones gobiernan nuestra vida esta será como un barco sin rumbo fijo que es arrastrado por los vientos y las corrientes de agua que lo llevan de un lugar a otro.

Ser gobernado por la cabeza significa ser prudentes en el obrar. Pero para que nuestra cabeza, es decir, nuestra razón guíe o gobierne nuestra vida es necesario que nuestra razón sea recta, es decir, que se maneje por principios y que estos principios sean rectos.

Justamente por eso, como dice santo Tomás de Aquino, una de las partes cuasi integrales de la prudencia es la inteligencia, no como facultad de pensar sino como conocimiento de los principios rectos del obrar que es lo que se llama “inteligencia de los primeros principios” (S.Th. II-II,49,2) de los cuales el primero y principal es “hay que hacer el bien y evitar el mal”.

El obrar prudente significa aplicar un conocimiento universal o principios del obrar a una acción particular. De ahí que el obrar racional o “con la cabeza” significa conocer la acción particular que se va a realizar y aplicarle un conocimiento universal, es decir, confrontar dicha acción particular con los primeros principios del obrar para ver si dicha acción está de acuerdo con estos. Si la acción que se quiere realizar no está de acuerdo con los mismos significa que no es una acción prudente y si la realizo estoy siendo movido por mis pasiones que la desean a pesar de no ser prudente y no por la virtud de la prudencia.

Se cuenta que durante el pontificado de Paulo III un cardenal le pedía insistentemente una gracia. Sin embargo, Paulo III dilataba en concederla porque no estaba convencido de darla, en realidad no le parecía justo concederla y, por eso, no la concedía, aunque no quería directamente decirle que no al cardenal.

Este cardenal que cada vez que veía al Papa le insistía en que le concediera dicha gracia por misericordia hacia a él, un día le dijo medio enojado: “Santidad, bien sabe usted todo lo que hice para que Usted llegara a ser Papa, no puede pues negarme esta gracia que le estoy pidiendo”. A lo que el Papa respondió: “Pues, me has hecho Papa, ahora déjame serlo”, como diciendo si el Papa usa su poder para conceder favores injustos no estaría actuando como un Papa debería actuar porque un Papa no debe realizar acciones injustas.

Muchas veces confundimos misericordia con injusticia. Porque el conceder una gracia por misericordia nunca puede ir contra la justicia, porque como dice la Sagrada Escritura la misericordia y la justicia se encuentran (cf. Sal 85:10), es decir, cuando conceder algo va contra la justicia, esa misericordia deja de ser tal y pasa a ser injusticia, porque se está dando algo que no corresponde o no se puede dar.

Porque si bien es cierto que detrás de toda justicia hay alguna misericordia, porque nadie posee nada en justicia si antes no le fue concedido algo por misericordia gracias a lo cual tiene derecho a reclamar en justicia lo que le corresponde comenzando por el don de la vida que nos fue dado por pura misericordia sin ningún mérito propio y siguiendo por muchas otras cosas que hemos recibido gratuitamente: inteligencia, fuerzas físicas, libertad, etc.; gracias a las cuales podemos reclamar en justicia que se nos conceda algo: el inventor de algo puede reclamar los derechos de autor en justicia por el uso esforzado de su inteligencia para inventar eso, pero detrás de eso está la misericordia de haber recibido la inteligencia sin ningún mérito propio.

También es cierto que cuando pedimos a alguien nos conceda algo que viola el orden de la justicia, como el favor que le pedía el cardenal al Papa, porque ese alguien no tiene el derecho de concedérnoslo por más que tenga el poder o la capacidad para concedérnoslo, no estamos pidiendo una gracia apelando a la misericordia del otro, sino que estamos pidiendo que el otro use su poder para cometer una injusticia.

La diferencia radica, como explica Nuestro Señor en la parábola de los obreros de la viña (cf. Mt 20:1-16), en que el que en justicia ha obtenido algo puede darlo por pura misericordia a otros: ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? (Mt 20:15) dice el dueño de la viña a los que le reclamaban que habían trabajado todo el día y les estaba pagando lo mismo que a los que habían trabajado sólo una hora; pero nadie puede distribuir por misericordia algo que no le pertenece por más que pueda o tenga la capacidad para hacerlo, como el Papa en la Iglesia, porque al no pertenecerle estaría cometiendo una injusticia abusando de su poder o capacidad porque se hace propietario de algo que no le pertenece por ser como mucho administrador, a veces ni siquiera administrador, y no dueño. De ahí que la injusticia nunca debe ser confundida con la misericordia.

Charles Péguy, el famoso poeta y ensayista francés (1873-1914), cuenta la siguiente historia: Había un hombre francés que se aburría tanto, tanto, que jamás podríamos imaginar la magnitud de semejante aburrimiento. Su vida era tan gris, fría y taciturna, que a todo lo largo del día, este hombre, que se aburría por la mañana y por la tarde, tuvo una fuerte tentación: si cometía un pecado enorme se le iría tal hastío. Un pecado solo, un gran pecado que lo libraría para siempre del tedio. Para cometer ese pecado este hombre sólo tenia que escribir una carta, sólo eso, escribir la carta y enviarla por correo.

El hombre, cristiano practicante, luchaba contra esa tentación. Un día agobiado por ese inexpresable e insufrible hastío se decidió a escribir la carta que lo libraría del mismo. Sin embargo, al mirar el calendario para fechar la carta vio que era la fiesta de san Luis Rey de Francia. Eso lo hizo recordar la heroicidad de su vida, las admirables gestas de ese gran santo francés. Entonces pensó, no puedo cometer este enorme pecado hoy, el día de su fiesta, lo haré mañana.

Al día siguiente era la memoria de san Ceferino, un santo totalmente desconocido para él. Sin embargo, el santo intercedió y consiguió disuadirlo de escribir la carta. Y al día siguiente era la fiesta de otro santo que también lo disuadió. Así se sucedieron los días y los santos que lo movían a no cometer ese pecado terrible que lo libraría del tedio.

Peguy saca la siguiente moraleja: “No hay en la vida de un cristiano ni un solo punto ni un solo minuto en el tiempo que no sea objeto, por parte de los santos, de una protección especial”. Esta hermosa enseñanza está basada en una verdad de fe que los cristianos repetimos todos los domingos: “Creo en la comunión de los santos”. Este misterio de la fe se refiere a la comunión de bienes que hay entre los miembros de la Iglesia por formar un solo Cuerpo.

El Concilio Vaticano II dice: «La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (LG 49).

Es decir, la comunión de los santos significa que recibimos la ayuda no sólo de nuestros hermanos que están todavía aquí en la tierra, por eso rezamos unos por otros, sino que también recibimos la ayuda de aquellos que se salvaron y ya gozan de la visión de Dios. Ellos interceden por nosotros para que también nosotros vayamos donde están ellos.


Una vez, le pidieron a un pintor que representara la envidia. Tras reflexionar mucho y estudiar el tema, el pintor retrató la envidia de esta manera: una anciana, pálida como la muerte. En sus garras sostenía antorchas encendidas y serpientes, y con sus dientes negros y podridos se desgarraba cruelmente el propio corazón.
La persona que había encargado la obra quedó satisfecha con su calidad, pero no la entendía, así que empezó a hacer preguntas para comprender su significado.
«¿Por qué la has representado como una mujer y no como un hombre? ¿Acaso los hombres no son tan envidiosos como las mujeres?»«Sí», respondió el artista, «pero tras estudiar la envidia, he descubierto que es un vicio capital que afecta principalmente a las almas débiles, y en el arte, la debilidad se representa como femenina. Por eso la pinté como una mujer, no porque los hombres no experimenten envidia».
«¿Por qué la has representado como anciana?»
«Porque la envidia es tan antigua como la propia humanidad, y envejece a la persona. Poco a poco, mata la caridad interior, ya que se opone directamente al amor que uno debe sentir por el prójimo. La prosperidad de los demás, en lugar de causar alegría —que es el efecto de la caridad—, provoca odio».
«¿Por qué la has hecho pálida?»
«Porque las personas tristes suelen estar pálidas, y la principal característica de la envidia es la tristeza. La persona envidiosa es aquella que se aflige por la buena suerte ajena y se atormenta al ver prosperar a su prójimo».
«¿Qué significan las garras?»
«Las garras son el arma que utiliza un animal para despedazar a su presa. Representan lo que la persona envidiosa busca hacerle al prójimo al que envidia: mermar su gloria. Los envidiosos se esfuerzan sin piedad por destruir la reputación de su prójimo mediante la calumnia».
«¿Y las antorchas y las serpientes?»
«Representan el fuego y el veneno que desean sembrar en los corazones de los demás contra el prójimo envidiado. La persona envidiosa no se conforma con murmurar contra su prójimo en su propio corazón, sino que también busca llenar los corazones de los demás con ese mismo odio, mediante la difamación y la calumnia».
«¿Y por qué se come su propio corazón?»
«Ese es el rasgo más característico de la envidia: la autodestrucción. La persona envidiosa se hace tanto daño a sí misma que acaba destruyéndose con esa tristeza que la consume por dentro, amargándole toda la vida».

Victor Frankl, el famoso neurólogo, psicólogo y psiquiatra austríaco que sobrevivió al holocausto, una vez fue invitado a Estados Unidos a dar una serie de conferencias sobre la logoterapia. La Logoterapia es una técnica o método de la psicología fundado y desarrollado por Frankl que se basa en la búsqueda del sentido en la vida y la libertad.

Durante su visita a los Estados Unidos visitó la famosa estatua de la Libertad en la isla de la Libertad en la bahía Upper New York. Luego de visitar la estatua de la Libertad dijo que le agradaba mucho verla, pero que se había sorprendido al descubrir que a nadie se le había ocurrido construir otra estatua en la otra costa del país.

Sus oyentes le respondieron que no tenía sentido tener dos estatuas de la libertad por más que la otra esté en la costa oeste. Frankl respondió que no se refería a construir otra estatua de la Libertad sino una estatua a la Responsabilidad, porque no basta con la libertad, sino que hace falta que se la acompañe con la responsabilidad.

Porque la libertad sin responsabilidad es libertinaje y, por eso, la ley justa, sea la ley a nivel civil y sobre todo la Ley de Dios, no es contraria a la libertad ni coarta la libertad, sino que es una ayuda a la libertad para que esta no olvide justamente ese complemento que es absolutamente necesario que es la responsabilidad.

Porque cada uno es responsable del bien o del mal que realiza con su libertad y ese bien o ese mal que cada uno realiza con su libertad va configurando a la persona como “buena” o como “mala” de acuerdo a las elecciones libres que haya hecho. La libertad como facultad de la persona es la responsable de lo que somos, pero si dejamos a la libertad obrar de acuerdo a una espontaneidad indeterminada – con espontaneidad indeterminada nos referimos a los caprichos y deseos del momento sin pensar las consecuencias de las acciones – olvidándonos de la responsabilidad que tenemos no sólo de ser buenas personas sino también de hacer el bien a los demás, no estamos obrando libremente.

Precisamente eso es el libertinaje que es un mal uso de la libertad porque la libertad no nos fue dada para hacer lo que se me antoja, sino para hacerme bueno, para ser una persona buena y una persona de bien. Esa es la responsabilidad de nuestra libertad, la responsabilidad por el bien, para la cual, como se dijo más arriba, la ley, cuando es buena o justa, nos ayuda porque guía nuestra libertad hacia el bien.

Cuenta una historia que cuatro hombres llevaban una tabla grande, aunque no demasiado grande. Era una tabla que en realidad la podían llevar entre dos, no hacía falta que sean cuatro. Sin embargo, la llevaban cuatro y no sólo eso, sino que además los cuatro estaban cansados como si fuese mucho peso.

Además de estar cansados estos cuatro iban hablando entre ellos, o mejor, iban quejándose entre ellos: “que yo llevo más peso que todos ustedes”, “que tú solo la llevas con la punta de los dedos y no haces fuerza”, etc. todos se quejaban de todos al punto que la tarea de llevar esa tabla, que podía ser llevada entre dos, les estaba siendo difícil e ingrata. Y el motivo es que ninguno quería hacer el esfuerzo de llevarla bien, todos trataban de llevarla haciendo el menor esfuerzo posible y así terminaban todos cansados y agobiados por una tarea que no los tendría que haber ni cansado ni agobiado

Muchas veces a los cristianos nos pasa lo mismo con la tabla donde están escritos los mandamientos, por no llevarlos como se deben llevar terminan siendo una carga insoportable en nuestra vida. ¿Cómo no se deben cumplir los mandamientos? Como una obligación. ¿Cómo se deben entonces cumplir los mandamientos? Con amor.

Por eso, Cristo, siempre que le preguntaban sobre los mandamientos respondía con el mandamiento del amor que encierra todos porque encierra el espíritu como deben ser vividos; porque encierra la fuerza que hace posible que los cumplamos: el amor a Dios, el amor al prójimo y en definitiva el amor a nosotros mismos, porque si realmente nos amamos debemos querer hacemos el bien y para hacernos el bien debemos vivir de acuerdo a los mandamientos porque cada vez que rompemos un mandamiento nos hacemos el mal.

De ahí que con cuanta mayor perfección cumpla los mandamientos, que significa con cuanto mayor amor los cumpla mayor bien me hago a mí mismo. Y como los mandamientos y particularmente el mandamiento del amor de Dios no tiene límite en cuanto a la perfección con la cual se puede cumplir, porque siempre se puede amar más a Dios, siempre se puede cumplir con mayor perfección, por esta razón siempre debemos esforzarnos en cumplirlo cada día mejor.

Lo cual significa como dice santo Tomás no sólo poner “habitualmente todo el afecto en Dios” que significa no hacer nada que vaya contra el amor a Dios sino también, que es lo que hicieron los santos, poniendo “todo empeño en dedicarse a Dios y a las cosas divinas, olvidando todo lo demás, en cuanto lo permiten las necesidades de la vida presente” (S.Th., II-II,24,8). Este olvidarse de todo lo demás significa olvidarse de todos los deseos propios para ocuparse solamente de los deseos de Dios.

Una petición inesperada
El prefecto de un departamento francés, que era cristiano, solía visitar hospitales con frecuencia. Una vez, mientras visitaba un hospital dirigido por monjas, se encontraba en el despacho de la madre superiora cuando entró una joven monja. Al ver al prefecto, ella comenzó a retroceder. Sin embargo, el prefecto la invitó a pasar y le preguntó cómo se llamaba. «Hermana Leocadia», respondió la monja.
«¿En qué departamento trabaja?», le preguntó él.
«En la unidad de tiña», respondió la hermana.
«¡Pobre hermana!», exclamó el prefecto. «Seguro que toma precauciones para no contagiarse. ¿Lleva guantes?».
«No, señor, utilizo las manos desnudas y, tras terminar el tratamiento, me las lavo con agua corriente», respondió la hermana.
«¡Pobre hermana! Usted también contraerá la tiña. Pídame cualquier favor y se lo concederé», dijo el prefecto.
La hermana respondió: «Pues bien, señor, no estoy contenta, así que puede hacer algo por mí. En la unidad a mi cargo solo hay veinticinco pacientes con tiña, y yo tengo fuerzas para atender a cincuenta… ¿Puede enviarme más pacientes con tiña?»
El prefecto se quedó sin palabras. Más tarde dijo: «Le ofrecí a una monja lo que quisiera pedirme, ¡y me pidió pacientes con tiña!».
Si bien es cierto que Jesús no le preguntó a esta monja si lo amaba, ni si lo amaba más, ni si quería amarlo más, ella tomó la oferta del prefecto como si fuera el mismo Jesús quien le preguntara por su amor. Si Jesús nos preguntara si le amamos, creo que todos responderíamos como San Pedro: Sí, Señor, tú sabes que te amo (Jn 21,15). Por eso soy cristiano y te sigo.
Sin embargo, si Jesús nos preguntara: «¿Qué favor me pides? ¿Qué quieres que te dé?», creo que pocos cristianos responderían como esta monja, que al final pidió algo que le permitiera amar más a Jesús. Hacernos esa pregunta es un buen ejercicio para ver cuánto amamos a Jesús.
Muchas veces nos centramos más en todos los bienes que recibimos de Dios por amarlo. Ciertamente, Dios colma de bendiciones y gracias a quienes lo aman; de hecho, como dice san Pablo, hace que todas las cosas contribuyan al bien de quienes lo aman (cf. Rom 8, 28). Sin embargo, a menudo olvidamos la otra cara del amor: el amor tiene más que ver con la entrega que con el recibir. Recibir es, en realidad, una respuesta a la entrega.
Esta es la lógica del amor que nos resulta tan difícil de comprender —la lógica que hace que fracasen tantas relaciones que deberían basarse en el amor, porque no se basan en el amor, sino en el egoísmo. Entonces, ¿cuál es esta lógica? Que para recibir, primero hay que entregarse. Quien no se entrega con sinceridad y desinterés no está dispuesto a recibir; y, de hecho, pone barreras a la recepción, porque en el fondo el egoísmo sigue reinando en su corazón, y solo da para recibir.

Es sabido que santa Catalina de Siena tenía conversaciones con Jesucristo. En una de esas conversaciones hablando de la Eucaristía y por qué esta produce más fruto de santidad en algunas almas que en otras, Nuestro Señor usó la siguiente comparación para que entendiera: “Si tú, hija, tuvieras encendida en tu mano una candela y todo el mundo viniera a tomar luz y fuego de ella ¿se multiplicaría esta sin disminuir su llama?” Sí respondió santa Catalina.

Y Nuestro Señor prosiguió: “Si entre estos que vienen a encender sus velas unos traen pequeñas candelas, otros traen velas normales y otros traen grandes y gruesos cirios ¿no te parece que, aunque todos llevaran luz y fuego, los más que traen los cirios grandes se llevarán más fuego y luz que los que traen las pequeñas candelas?” Sí respondió nuevamente santa Catalina.

A lo que concluyó Jesús: “Pues así sucede con el sacramento de mi amor.” Porque es cierto que el sacramento de suyo produce una gracia que todos reciben, sin embargo, también es cierto que la cantidad de esa gracia depende de las disposiciones con que recibimos la Eucaristía, el sacramento del amor de Cristo.

Esta visión que tuvo Santa Catalina nos enseña que no recibimos toda la gracia que podríamos recibir de la Eucaristía debido a nuestras malas disposiciones. Entre las cosas que generan esas malas disposiciones para recibir las gracias contenidas en la Eucaristía está el pecado venial.

El pecado venial si bien no es un impedimento para recibir la Eucaristía por no privarnos de la gracia santificante es una limitación a la gracia de Dios por el afecto desordenado que entraña, de ahí que cuanto más libres estemos de ese afecto desordenado mayor será la capacidad que tengamos de recibir las gracias que Dios nos da por medio de la Eucaristía. Si queremos progresar en la vida espiritual y crecer en la gracia de Dios debemos trabajar positivamente contra los pecados veniales deliberados, para quitar esos obstáculos a la obra que Jesús quiere realizar en nuestra alma.

San Bernardo dice que el pecado venial es como el polvo que se nos pega a los pies al caminar por este mundo y que Nuestro Señor al lavar los pies de los Apóstoles antes de comer la Última Cena con ellos nos enseñó que debemos quitarnos este polvo del pecado venial para disponernos mejor para recibir la Eucaristía.

Cuenta Teodoreto en su “Philoteo” que san Marciano una vez se encontró con cazador y le preguntó: “¿A qué te dedicas?” a lo que el cazador respondió: “me dedico a cazar libres y ciervos, corro detrás de ellos y los persigo sin parar hasta alcanzarlos”. Y después de decir eso, el cazador le preguntó a san Marciano: “Y tú, ¿a qué te dedicas?” A lo que san Marciano respondió, “yo también corro detrás de la santidad y la perseguiré sin parar hasta que la alcance”.

Así deberíamos pensar y obrar todos los cristianos. La santidad debería ser la ocupación de nuestra vida y el resto de las ocupaciones deberían ser simplemente medios para poder alcanzar la santidad. Porque no tiene sentido ser cristiano y preocuparse por las cosas de este mundo olvidándose de aquella cosa para la cual fuimos creados que es Dios y la santidad.

Por eso, se deben ocupar de alcanzar la santidad todos los cristianos, sea aquellos que apenas han comenzado a transitar por la vía de la perfección – que en la terminología espiritual se los llama incipientes – y que deben con gran deseo y con un querer intenso aspirar a la santidad huyendo de todo mal y de todo lo que podría disgustar o distraer de tal camino. Anhelando la práctica de las virtudes y desterrar los vicios que los conducen por las sendas del pecado.

Se deben ocupar los que han logrado superar las primeras etapas de la vida espiritual – que se los llama proficientes – que ya han logrado superar la primera conversión y han logrado controlar los ataques de la naturaleza y que llevan una vida de cierta perfección. Pero que no se deben contentar con eso, sino que deben seguir trabajando para crecer en la virtud y en la gracia de Dios.

Compete también a las almas de los que han llegado al tercer estadio de la vida espiritual que se llama de los perfectos, porque estos habiendo conseguido un grado alto de perfección no deben detenerse en el camino de la santidad, porque en este estadio como en cualquier estadio, la detención significa retroceder y perder lo que se ha adquirido.

Una vez escuché la historia de dos hermanos que se entendían a la perfección. Uno era sacerdote, el otro tenía una discapacidad que no le permitía entre otras cosas hablar. Sin embargo, el hermano sacerdote de tantos años que había vivido con él lo entendía a la perfección y por eso, su hermano con discapacidad con solo un gesto de la cara lo entendía.

Una vez en una conferencia, este sacerdote contó que cuando su hermano nació, su familia tuvo un gran rechazo a su hermano. Su familia, que eran católicos practicantes, se enojaron con Dios y se alejaron de la Iglesia porque no podían entender cómo Dios les podía haber hecho eso: “si nosotros somos una buena familia”; “si nosotros nos preocupamos por hacer las cosas según la Ley de Dios”; “si nosotros no somos como tantas familias que son cristianas de nombre”; “si nosotros…, si nosotros…, etc.” y entonces “¿por qué Dios nos haces esto?”; “¿por qué Dios nos tratas así?”; “¿por qué Dios nos castigas?”, etc. Eran las preguntas que sus padres hacían a Dios.

Eso hizo que de ser una familia “feliz” y “alegre”, se convirtieran en una familia “triste” e “infeliz”. Sin embargo, contaba este sacerdote que un día sus padres recibieron una gracia, se dieron cuenta que no se tenían que preguntar por qué, sino que la pregunta que tenían que hacer era “para qué”: “¿para qué Dios me envió este hijo?” Y eso les cambió la vida, porque le encontraron sentido a esa realidad que para ellos era insufrible y pasó a ser una cruz que encerraba un montón de gracias que gracias a preguntarse para qué y no por qué empezaron a descubrir. Y la alegría no sólo volvió a ese hogar, sino que volvió sobreabundantemente.

Esa es una de las claves de la fidelidad en las pruebas. Porque si nosotros tenemos fe en que, como dice san Pablo, todo sucede para el bien de los que aman a Dios (Ro 8,28) esas cosas que suceden en nuestra vida que no nos gustan, que no entendemos, que nos producen rechazo, etc. se convierten en un bien si las vemos del modo correcto y si en lugar de quejarnos preguntándonos “¿por qué a mí?” tratamos de entender la Voluntad de Dios que está detrás y el bien que Dios quiere darnos a través de este suceso no agradable en mi vida.

Preguntas como “¿para qué Dios me manda esta cruz?” o “¿cuál es la gracia que Dios me quiere conceder con esta cruz o situación difícil que estoy viviendo? son esenciales para poder ser fieles y alcanzar todas las gracias que Dios quiere derramar en nuestra alma por medios de las cruces cotidianas de la vida.