Charles Péguy, el famoso poeta y ensayista francés (1873-1914), cuenta la siguiente historia: Había un hombre francés que se aburría tanto, tanto, que jamás podríamos imaginar la magnitud de semejante aburrimiento. Su vida era tan gris, fría y taciturna, que a todo lo largo del día, este hombre, que se aburría por la mañana y por la tarde, tuvo una fuerte tentación: si cometía un pecado enorme se le iría tal hastío. Un pecado solo, un gran pecado que lo libraría para siempre del tedio. Para cometer ese pecado este hombre sólo tenia que escribir una carta, sólo eso, escribir la carta y enviarla por correo.
El hombre, cristiano practicante, luchaba contra esa tentación. Un día agobiado por ese inexpresable e insufrible hastío se decidió a escribir la carta que lo libraría del mismo. Sin embargo, al mirar el calendario para fechar la carta vio que era la fiesta de san Luis Rey de Francia. Eso lo hizo recordar la heroicidad de su vida, las admirables gestas de ese gran santo francés. Entonces pensó, no puedo cometer este enorme pecado hoy, el día de su fiesta, lo haré mañana.
Al día siguiente era la memoria de san Ceferino, un santo totalmente desconocido para él. Sin embargo, el santo intercedió y consiguió disuadirlo de escribir la carta. Y al día siguiente era la fiesta de otro santo que también lo disuadió. Así se sucedieron los días y los santos que lo movían a no cometer ese pecado terrible que lo libraría del tedio.
Peguy saca la siguiente moraleja: “No hay en la vida de un cristiano ni un solo punto ni un solo minuto en el tiempo que no sea objeto, por parte de los santos, de una protección especial”. Esta hermosa enseñanza está basada en una verdad de fe que los cristianos repetimos todos los domingos: “Creo en la comunión de los santos”. Este misterio de la fe se refiere a la comunión de bienes que hay entre los miembros de la Iglesia por formar un solo Cuerpo.
El Concilio Vaticano II dice: «La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (LG 49).
Es decir, la comunión de los santos significa que recibimos la ayuda no sólo de nuestros hermanos que están todavía aquí en la tierra, por eso rezamos unos por otros, sino que también recibimos la ayuda de aquellos que se salvaron y ya gozan de la visión de Dios. Ellos interceden por nosotros para que también nosotros vayamos donde están ellos.




