Hay una expresión que usaban los romanos “dar con la esponja” que significaba borrar, porque en aquella época se usaba una especie de esponja húmeda para borrar en los papiros si estos estaban escritos con tintas de baja calidad.
Se cuenta que el gran Cayo Julio César Augusto o simplemente Augusto que es considerado el primer emperador romano, aunque nunca se llamó emperador, por ser el que transformó una república destrozada en lo que fue el imperio romano, usó una vez esta frase.
Augusto estaba escribiendo una tragedia en la que el protagonista era Ayax. Ayax fue un personaje griego que terminó suicidándose. Según se cuenta Ayax se arrojó sobre su misma espada para quitarse la vida.
Según la historia, Augusto se dio cuenta que su obra literaria no valía la pena porque no tenía el nivel necesario para considerarse una obra artística por lo que en lugar de usar su poder y el favor de todos los que lo rodeaban para que dijeran que era una obra digna de ser conocida, decidió dar por terminada la misma sin concluirla.
Una de las personas que lo rodeaba y que sabía que el emperador se había sumido en tal empresa un día le preguntó al emperador cómo iba la misma, a lo que este respondió cómicamente haciendo alusión a Ayax que se arrojó sobre su espada y a la frase “dar con la esponja” diciendo: “se ha arrojado sobre la esponja”.
Una respuesta que sorprende viniendo de quien vino, pero que puede servirnos para entender la actitud que debemos tener frente a las cosas que nos superan o también frente a nuestras debilidades y deficiencias. Y el mejor modo para poder adquirir esta actitud es crecer en la virtud de la humildad.
Santo Tomás de Aquino dice, comentando los doce grados de la humildad que señala san Benito en su Regla monástica, que el séptimo grado de la humildad nos hace reconocer nuestros propios defectos y límites, es decir, nos hace reconocer que no somos capaces de cosas que nos superan. Porque la humildad, si bien “se ocupa principalmente del apetito, en cuanto que el hombre refrena el ímpetu de su ánimo para que no busque desordenadamente las cosas grandes”, también “tiene en el conocimiento su norma, la cual consiste en que nadie se sobreestime” (S.Th. II-II,161,6).
Justamente por eso, la humildad se opone, como dice san Bernardo, a los doce grados de la soberbia entre los cuales está la presunción que nos hace creer que somos capaces de cosas que nos superan. Porque la soberbia es el apetito desordenado de la propia excelencia que nos hace, entre otras cosas, jactarnos de lo que no somos en absoluto o, al menos, de lo que no somos en el grado en que nos atribuimos dicha excelencia.
Para adquirir esta importantísima virtud, que es indispensable para crecer en santidad, debemos practicar estas tres cosas: en primer lugar, reconocer la acción de Dios a través de su gracia en nosotros teniendo la misma actitud que tuvo san Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy (1 Cor 15,10) y no gloriarnos nunca del bien que hacemos como si fuésemos la causa principal del mismo. En segundo lugar, es importante siempre desconfiar de uno mismo porque el que confía en sus fuerzas no confía en Dios, en cambio, el que desconfía de sí mismo confía en Dios como hacía san Pablo que confiando en Dios decía: Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13). Por último, aborrecer la soberbia para lo cual hay que saber soportar las humillaciones que Dios nos envía para evitar que caigamos en la soberbia. Lo dice San Pablo hablando de sí mismo: Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne (2 Cor 12,7).




