Cuando se superó la barrera del sonido

Charles “Chuck” Yeager luego de su ingreso a la escuela de formación de pilotos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América protagonizó una extensa carrera profesional con varios momentos importantes en la misma. Quizás el más importante, o al menos, el que lo hizo famoso sucedió el 14 de octubre de 1947.

Ese día piloteando la aeronave Bell X-1, que él llamaría “Glamorous Glennis” en honor a su esposa, rompió la barrera del sonido y junto con ella varios mitos científicos que se daban por sentado en aquella época. El más conocido de estos mitos era sostenido por investigadores que aseguraban disponer de datos científicos seguros que confirmaban que la barrera del sonido era imposible de superar porque una barrera invisible destruiría la aeronave cuando esta alcanzase tal velocidad.

Chuck, que tenía la extraña habilidad de convertir sus experiencias subjetivas de vuelo en datos objetivos para los ingenieros que monitoreaban sus vuelos, no se amedrentó frente a los supuestos datos científicos y aceptó el reto de superar la barrera del sonido. Más tarde diría: “Había volado a velocidades supersónicas durante 18 segundos. No hubo sacudidas, ni golpes, ni choques. Sobre todo, no había ningún muro de ladrillos contra el que estrellarse. Estaba vivo”. Para después reflexionar: “Me di cuenta de que la misión tenía que terminar en una decepción porque la verdadera barrera no estaba en el cielo sino en nuestro conocimiento y experiencia del vuelo supersónico”.

En la vida cristiana podemos tener una experiencia semejante. Muchos de nuestros defectos, imperfecciones, vicios parecen barreras impenetrables o imposibles de superar, que no podemos vivir sin los mismos o que la vida se nos hará imposible si pretendemos vivirla virtuosamente despojados de esos placeres temporales y en lugar de intentarlo como Chuck nos rendimos frente al reto.

La vida cristiana, el camino de la virtud y de los valores del Evangelio, encierra una belleza y una alegría que está oculta a aquellas personas que no la viven plenamente, es decir, aquellos que viven como trastabillando por hacerle caso constantemente a las inclinaciones pecaminosas de sus pasiones y no quieren decidirse a superar la barrera de las mismas.

La experiencia de los santos nos enseña que, una vez que se logra superar la barrera de las inclinaciones pecaminosas de nuestras pasiones, la vida, como el vuelo de Chuck, ya no tiene sacudidas, golpes o choques, todo lo contrario, comienza a ser una vida serena y tranquila, plenamente gozosa con un gozo que sólo aquellos que superaron esa barrera pueden experimentar.

No debemos hacer caso a los mitos “científicos” de nuestras pasiones que nos dicen que es imposible superar la barrera del mal, sino que nos debemos animar a atravesar esa barrera para transformar nuestra vida y veremos que esa barrera como dijo Chuck hablando de la barrera del sonido no es real, sino que está solamente en nuestra cabeza y que la vida, una vez superada, es más satisfactoria y gratificante. 

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