Cuenta la historia de un joven que quería encontrar paz en su vida. Iba de pueblo en pueblo para encontrar la respuesta, pero las respuestas que le daban no eran efectivas. Un día llegó a un pueblo preguntando si alguien podía responder a su pregunta: “¿cómo puedo hallar paz en mi vida?”.
Le dijeron que vaya a la relojería, ahí había un sabio relojero que quizás podía dar respuesta a su pregunta. Cuando el joven entró en el taller quedó atónito: cientos de relojes colgaban de las paredes, relojes de todo tipo grandes y pequeños, de péndulo y a batería. Todos funcionaban, todos marcaban la hora produciendo un tic-tac caótico que llenaba el ambiente de modo bastante ensordecedor.
El anciano relojero que estaba sentado en su banco de trabajo con los ojos cerrados, cuando escuchó que el joven entró abrió los ojos con serenidad. “Hola”, saludo el joven. “Hola” respondió el anciano, pero el joven no logró escucharlo. El anciano le preguntó un par de veces si andaba necesitando un reloj, pero el joven no lograba escucharlo por el ruido de los relojes. Entonces el anciano lo llevó a la habitación contigua que estaba aislada del ruido de los relojes para que lo pudiera escuchar y repitió la pregunta: “¿Andas buscando un reloj?” “No,” dijo el joven, “busco algo más importante, estoy buscando la paz interior y me dijeron que usted me puede ayudar”.
“Tu problema es el mismo que tuviste cuando entraste a la relojería” le dijo. “¿Cómo”, preguntó el joven, “no entiendo?” “Cuando entraste a la relojería yo te escuché y escuché tu saludo, pero tú no lograbas escucharme y eso que eres joven y tus oídos funcionan mejor que los míos. ¿Sabes por qué?” “No” respondió el joven. “Porque te dejaste ensordecer por el ruido de los relojes y ese ruido tapó mi vos… Lo mismo pasa con la paz, mientras tu mente sea un griterío de preocupaciones, afanes e intereses personales ensordecedoras, jamás escucharás a Dios que susurra en tu corazón. Para hallar la paz debes escuchar ese susurro de Dios y para escucharlo no debes dejar que los ruidos del mundo te ensordezcan como te ensordecieron los relojes”.
La enseñanza de esta parábola es muy sencilla para encontrar la paz interior necesitamos practicar el silencio interior. Para alcanzar el silencio interior debemos silenciar los juicios propios, las pasiones desordenadas y los deseos contrarios a la Voluntad de Dios.
Es importante entender que este silencio no se puede alcanzar sin un verdadero trabajo ascético de mortificaciones concretas y constantes. Porque uno puede hacer callar un afecto desordenado un día o dos, pero eso no alcanza para silenciarlo, lo callamos por un tiempo, pero luego vuelve a hacer ruido porque no lo hemos mortificado lo suficiente, por eso, el verdadero trabajo implica constancia en ese trabajo hasta realmente silenciar ese movimiento interior que produce ruido y no nos deja escuchar a Dios y sólo en Dios encontramos la verdadera paz porque sólo el amor de Dios puede poner orden interior y el orden interior produce paz.
Silencio y paz tienen el mismo latido, van como de la mano, porque el silencio justamente tranquiliza los ruidos interiores para que los podamos poner en orden según el orden del amor a Dios. Si dejamos que los ruidos de nuestros juicios, pasiones y deseos desordenen nuestro interior, sólo conseguiremos caos, no sólo porque cada uno tiene distintos amores que pugnan por prevalecer sobre el otro, sino también, porque esos amores al no estar ordenados al amor de Dios no hacen más que producir una agitación mundana que no deja reposar al alma.




