La historia de la reina Ester es muy conocida. Ella fue la salvadora de los judíos en tiempos del rey Amán. Pero normalmente no prestamos atención a su primo Mardoqueo, que fue quien hizo que ella salvara a su pueblo. Me atrevería a decir que sin Mardoqueo los judíos no habrían sido salvados por la reina Ester.
Aunque ella no quería arriesgar su vida para ese fin, Mardoqueo fue quien pensó que ella podía salvar a su pueblo, fue quien ideó el plan para que sucediera y fue quien la convenció para hacerlo. El argumento que usó para convencerla es muy interesante y nos deja una gran lección porque muestra que tenía una auténtica visión providencial de la vida. Le dijo: si Dios quiere salvarnos de las manos de Amán, puede hacerlo contigo o sin ti; sin embargo, te está dando la oportunidad de cooperar con Él para salvar a nuestro pueblo (cf. Est 4:12-14).
Podemos oír las mismas palabras con respecto a nuestra misión como cristianos. La misión de cada cristiano es predicar el Evangelio. Esto es una parte esencial del ser cristiano. Sin embargo, no recibimos esa misión porque Nuestro Señor Jesús nos necesita para difundir la Buena Nueva, sino porque nos da la oportunidad de cooperar con Su misión: salvar almas predicando el Evangelio.
Jesús nos invita a predicar el Evangelio para cooperar con Él y ser parte de esa gran empresa: «es mi voluntad conquistar el mundo entero» (San Ignacio). Nos dice lo mismo que Mardoqueo le dijo a la reina Ester: Salvaré a mi pueblo contigo o sin ti y nos invita a participar en la misión más importante que una persona puede recibir en esta tierra: predicar el Evangelio.
¿Por qué nos pide cooperación? Porque, en Su misericordia, quiere que participemos en el deleite de Su Providencia Misericordiosa. Esto debería llenar nuestras almas de gozo: la Providencia de Dios nos eligió para ser instrumento de Su gracia. Tenemos la gracia de ayudarle a salvar almas.




