Dar a Dios y al César lo que corresponde a cada uno

San Francisco de Paula fue un fraile mendicante italiano y fundador de la Orden de los Mínimos. Su fama de santidad era bien conocida ya antes de morir, porque realizó muchos milagros mientras vivía, y la gente quería conocerlo. Uno de los que quería conocerlo, o más bien, tenerlo en su castillo, fue Luis XI, rey de Francia. Este rey era un hombre ambicioso y quería que todas las personas importantes vivieran con él. Por eso quería tener a San Francisco de Paula en su castillo.

San Francisco rechazó sus peticiones porque quería tener una vida pobre y silenciosa, en lugar de una vida rica y ruidosa. Al rey no le gustó su respuesta, así que decidió usar su poder e influencia para llevarlo a su castillo. Le pidió al papa Sixto IV que le enviara a San Francisco. El Papa Sixto obedeció al rey Luis y ordenó a San Francisco ir a Francia para vivir con el rey. San Francisco obedeció al Papa Sixto y se fue a vivir con el rey, aunque el Papa estaba abusando de su poder.

Creo que esta historia es un buen ejemplo de cómo vivir y cómo no vivir la conocida máxima de Jesús: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21). San Francisco dio al rey lo que le correspondía, es decir, un «no», y a Dios lo que es de Dios, es decir, un «sí» (obediencia al Papa). El Papa Sixto dio al César lo que no le pertenecía, es decir, a San Francisco de Paula, y dio a Dios lo que no le pertenecía, es decir, «desobediencia» (su abuso de poder fue desobediencia, ya que Dios le dio poder para guiar a la Iglesia y no para servir a poderes humanos).

Esto también puede enseñarnos que la respuesta de Jesús es más que una forma de escapar de la prueba de los fariseos. Jesús, en Su bondad misericordiosa, quería enseñarnos la relación correcta entre la Iglesia y el Estado, y más concretamente resolvió la cuestión sobre la obediencia a la autoridad civil. Hoy en día, es muy importante entender correctamente este tema, porque vivimos en tiempos muy confusos respecto a esta cuestión.

La obediencia, aunque es una virtud cristiana muy importante, no es la primera virtud. Pertenece a la virtud de la religión y tiene límites. Los límites más importantes son la caridad y la prudencia. Por eso, no es bueno obedecer al César antes que a Dios, como dice San Pedro: Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29). No podemos obedecer contra la caridad; no podemos obedecer a ninguna autoridad civil o religiosa cuando nos pide que pequemos.

Si la Iglesia tiene tantos mártires, particularmente en los primeros cuatro siglos de su vida, es porque los cristianos, aunque eran algunos de los mejores ciudadanos, no querían obedecer a los «Césares» cuando les ordenaban hacer algo contra la ley de Dios.

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