Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo – dijo don Quijote. Sí tengo – respondió Sancho –; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca? En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar – respondió don Quijote. Bien podrá ser – dijo Sancho –, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. El miedo que tienes – dijo don Quijote – te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son” (Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha).
El miedo es una pasión que debe protegernos del peligro, y cuando está debidamente ordenado es algo bueno para nosotros. Sin embargo, esta pasión, como todas las pasiones, puede desordenarse y dar así lugar a miedos desordenados, como los miedos espirituales: miedo a una vocación, miedo a la santidad, miedo a crecer en virtud, miedo a la cruz. El miedo, como dice Don Quijote, hace que las cosas parezcan diferentes de lo que son, hace que la cruz y la santidad parezcan algo malo en lugar de una bendición.
El miedo no debería existir entre los cristianos. Para los cristianos, Dios existe, y si Dios existe ¿qué daño puede venirle a un cristiano que tiene a Dios de su lado? Quienes tienen fe en la Providencia de Dios no pueden tener miedo, porque saben que todas las cosas obran para bien de los que aman a Dios (Rom 8,28).
El miedo surge del amor, es el temor a perder lo que amamos. Por eso dice Santo Tomás que “el amor es la causa del miedo”. Temo perder mi vida porque amo mi vida. Temo enfermarme porque amo estar sano. Temo pecar porque amo a Dios. Como mencioné antes, no todos los miedos son malos. El miedo puede ser bueno o malo, ya que todas las pasiones o deseos que Dios ha dado a la naturaleza humana son buenos cuando están ordenados, y malos cuando se desordenan.
Hay muchas maneras en que las personas afrontan sus miedos, como negar su realidad, huir de ellos para no enfrentarlos (como ocurre en el mundo, donde la gente busca mantenerse constantemente ocupada para no pensar en la vida y su destino), enterrar los miedos (como quienes dicen: “Prefiero ni pensarlo”), etc. Sin embargo, la única solución verdadera a estos miedos es la confianza en Dios.
Dos ejercicios son particularmente útiles para ayudar con esto. Primero, debemos tomar conciencia de las cosas que tememos y verlas como superables, ya que Dios nunca nos pide algo que exceda nuestras fuerzas. Junto con la prueba, nos da la gracia necesaria para superarla, y aún más.
Segundo, puesto que la causa última del miedo, como dijimos, es el amor, entonces si tememos perder algo, debemos darnos cuenta de que lo que tememos perder no es Dios y, en consecuencia, no es esencial para nosotros. Es más, si lo perdemos por amor a Dios, nos ayuda a alcanzar lo único que es verdaderamente esencial: Dios.




