El monje enojado

Cuenta una leyenda que en un monasterio había un monje muy temperamental que se enfurecía con facilidad. Cuando se le pasaba el enfado, el monje se avergonzaba, pero la vergüenza nunca era suficiente para contener su ira la siguiente vez. Un día pensó: «Me iré a vivir como un ermitaño, solo en el desierto. Allí, nadie me hará enfadar y podré vivir en paz». Y así, se fue al desierto.

Un día, cuando se le acabó el agua, fue con dos cubos a buscar un poco. Llenó el primero y lo puso en el suelo para llenar el otro, pero lo colocó mal, el cubo se volcó y el agua se derramó. Volvió a llenarlo y, una vez más, el cubo se volcó y el agua se derramó. Entonces, lleno de ira, agarró el cubo y lo arrojó al suelo con tal fuerza que se rompió. El cubo ya no le sirvió de nada, pero el monje aprendió la lección: la culpa de su ira no era de los demás, sino de sí mismo, y la solución no era huir de las situaciones, sino trabajar en ellas y superarlas.

Si bien es cierto que el estímulo exterior desencadena esta pasión (el comportamiento del monje de la historia), también es cierto que el estímulo es solo un estímulo y no la pasión, que está dentro de nosotros. Por lo tanto, no podríamos superarla simplemente huyendo de los desencadenantes, porque la ira es una pasión que está dentro de nosotros. Por eso siempre habrá desencadenantes (como la caída del cubo en la historia) que despierten la ira.

Según los psicólogos, si la ira se gestiona de forma inadecuada, es probable que afecte negativamente a nuestra salud física y mental, desde dolores de cabeza y trastornos gastrointestinales hasta alteraciones psicológicas y emocionales. Gestionar la ira no significa deshacerse de ella porque eso es imposible, sino más bien ordenarla.

¿Cómo ordenarla? ¿Cómo superarla? En primer lugar, debemos reconocer nuestra ira ante nosotros mismos y ante Dios. Es importante no fingir que no estamos enfadados o llamarlo de otra manera, porque eso no ayudará a superarlo sino que solo nos ayudará a no manifestar la ira. En segundo lugar, tenemos que intentar detenerla en lugar de fomentarla, lo que significa encontrar razones para no enfadarnos en lugar de encontrar razones para enfadarnos, llegando así a conclusiones injustificadas. Debemos buscar razones sobrenaturales para ser misericordiosos y perdonar en lugar de ser buscadores de justicia y venganza. También debemos reconocer los excesos cometidos por nuestra ira y confesarlos, en lugar de justificarlos. Por último, cuando la ira parece dominarnos, miremos al crucifijo, el icono de la gestión de la ira. Jesús siempre nos enseña cómo manejar nuestra ira.

Homilía Diaria

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